25 noviembre 2011

Excusas y más excusas

Abrigados por la comodidad y la seguridad de un trabajo estable, que nos proporciona ese sueldo al que debemos amoldarnos (da igual si es copioso o si roza el salario base, siempre lo consideraremos insuficiente), a menudo, aparcamos en un rincón de nuestra memoria qué es lo que realmente nos gustaría ser o hacer. Pocos son los que tienen la suerte de profesionalizar su vocación, los que no necesitan reloj porque les da igual saber si es la hora de que abran la puerta antipánico para salir huyendo de la rutina.

En momentos de lucidez, de repente, pensamos en que un día nos liaremos la manta a la cabeza y daremos el gran salto. ¡SÍ! ¡un día de estos lo mando todo a tomar por saco y me voy al monte! Viviré de la recolección de trufa blanca y de la cosecha de productos ecológicos… Y aquí entra en juego un mal que afecta a una grandísima parte de la población: el excusismo. Antes de plantearnos cómo pondríamos en marcha nuestro bucólico proyecto de trufas y verduras, ya habremos encontrado un sinfín de excusas para no llevarlo a cabo, para posponerlo, y acto seguido activaremos la alarma del despertador que mañana nos avisará de que tenemos que levantarnos para nuestro reencuentro diario con el cartelito “Contraseña no válida. Póngase en contacto con el administrador del sistema”.

Este excusismo es extrapolable a cualquier ámbito de nuestras vidas: tenemos guardado en el armario ese pantalón (con la etiqueta todavía puesta) para, un día de estos, salir a correr, o hemos formalizado matrícula en el gimnasio de al lado de casa, pero todavía no sabemos ni dónde están los vestuarios. Hay una persona cuyos oídos están en estado de alerta esperando que le digamos lo mucho que nos gusta, pero preferimos esperar a que lo adivine. Una hoja de papel, con la receta de unos deliciosos bollitos de queso y cacao amarillea entre las páginas de un libro que decora nuestra estantería. Un amigo o un familiar tiene en su despensa un bote de aceitunas para sacarlo de aperitivo el día que vayamos a visitarlo. Y un largo etcétera de cosas que, con el paso del tiempo, nos servirán para mantener una larga conversación cada vez que salga el manido tema navideño “yo aquel año me propuse…, pero…”.


Tal vez, lo único que nos hace falta en muchas ocasiones, es que alguien nos dé el empujoncito justo para abrirnos los ojos y, quién sabe, si a insuflarnos cierta dosis de valentía

Esto es lo que hay